¿Se puede dudar de Dios y seguir siendo buen judío?

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LA RESPUESTA CORTA

No solo se puede: la duda tiene pedigrí en esta casa. Mira el nombre que llevamos. Cuando Jacob lucha toda la noche con el ángel, recibe el nombre Israel — ‘porque luchaste con Dios y con los hombres, y prevaleciste’.

No solo se puede: la duda tiene pedigrí en esta casa. Mira el nombre que llevamos. Cuando Jacob lucha toda la noche con el ángel, recibe el nombre Israel — ‘porque luchaste con Dios y con los hombres, y prevaleciste’. Léelo de nuevo: el pueblo entero lleva el nombre de un combate con Dios, no de una rendición ante Dios. Otras tradiciones se nombraron ‘los sumisos’, ‘los fieles’. Nosotros nos llamamos ‘el que pelea con Dios’. La duda no es un defecto de fábrica del judaísmo: es la marca registrada.

Y la Biblia practica lo que el nombre predica. Abraham le discute a Dios la justicia de Sodoma — ‘¿el Juez de toda la tierra no hará justicia?’ — y Dios no lo fulmina: negocia. Moisés discute. Jeremías acusa: ‘me sedujiste, y me dejé seducir’. Job monta el juicio más feroz contra el cielo en la historia de la literatura, y ya viste cómo termina: Dios valida al que protestó y reprueba a los que justificaban. El rezo más famoso del repertorio jasídico es el del rabino Levi Itzjak de Berditchev, que interrumpió Iom Kipur para demandar a Dios por el sufrimiento de su pueblo — y los jasidim lo cantan con orgullo doscientos años después. Esta tradición no archivó a sus cuestionadores: los canonizó.

Aquí está la clave conceptual, y vale un tatuaje (es chiste — ya hablaremos de tatuajes): la palabra hebrea emuná, que traducimos ‘fe’, no significa certeza intelectual. Significa confianza, fidelidad — la misma raíz de amén y de omén, el artesano fiel a su oficio. La ‘fe’ como lista de proposiciones que debes declarar verdaderas es un mueble importado de otras teologías. La emuná judía se parece menos a firmar un formulario que a un matrimonio largo: hay días de cercanía, días de distancia, días de pelea — y el pacto sigue, porque el pacto nunca dependió del clima emocional del día. Por eso el judaísmo te mide por las manos y no por el credo: puedes dudar todo el invierno mientras sigas visitando enfermos, honrando el Shabat a tu manera y peleando por la justicia. Eso ES la fidelidad. Lo otro es meteorología interior.

¿Y sabes quién más dudó? Todos. Los grandes maestros que hoy citan con reverencia tuvieron noches de hielo — algunos lo escribieron, otros lo confesaron a sus alumnos. El propio libro de los Salmos, el devocionario oficial del pueblo judío, alterna alabanza y abandono a veces en el mismo capítulo: ‘¿Hasta cuándo, Dios, me esconderás tu rostro?’. La tradición pudo editar esos versos. Los dejó — para que cuando llegues a tu propia noche, encuentres que el cancionero oficial ya te había hecho lugar. Una tradición que incluye el grito de abandono en su libro de rezos te está diciendo algo: acá se viene también con las preguntas, no solo con las respuestas.

Mi respuesta firme: la línea divisoria nunca fue duda contra fe. Es compromiso contra indiferencia. El contrario de la emuná no es el ateo que pelea con Dios a las tres de la mañana — ese está en plena relación, aunque no lo sepa. El contrario es el que dejó de pelear porque dejó de importarle. Si tu duda te duele, te incomoda, te trae de vuelta con preguntas — felicitaciones: eso tiene un nombre antiguo. Te llamas Israel.

PARA PROFUNDIZAR

LECTURAartículos ‘¿Cuán seguro estás de lo que crees?‘ y ‘La muerte de Dios: cómo responderle a un ateo‘
LIBROcapítulo 16 de Conquista y Ríndete (‘Cómo aprender a confiar cuando todo te invita a dudar’)
PODCASTepisodio del podcast ‘¿Es peor la culpa o la vergüenza?’
FUENTESclases de teología en YouTube.
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