¿Qué dice el judaísmo sobre el aborto?

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LA RESPUESTA CORTA

El judaísmo no considera que la vida comienza en la concepción. La madre tiene prioridad absoluta, y el aborto no solo está permitido sino que es obligatorio cuando su vida o su salud están en riesgo.

Te doy primero el dato que más sorprende a quienes vienen de un marco cristiano: la tradición judía nunca consideró al embrión como una persona completa con derechos iguales a los de la madre. Esto no es una posición «liberal moderna» — es Mishná del siglo II.

La fuente clave es Mishná Ohalot 7:6: «Si una mujer tiene dificultades en el parto, se corta al feto en su vientre y se lo extrae miembro por miembro, porque la vida de ella tiene prioridad sobre la vida de él. Pero si ya salió la mayor parte, no se lo toca, porque no se desplaza una vida por otra». La línea es clarísima: antes de nacer, el feto no tiene el mismo estatus legal que la madre. Después del nacimiento, sí.

¿Y antes de que haya riesgo de vida? Ahí es donde las cosas se ponen interesantes. El Talmud (Yevamot 69b) dice que hasta los 40 días el embrión es «simplemente agua» (maya be’alma). Rashi explica que el feto es «como el muslo de su madre» — parte de su cuerpo, no una entidad independiente. Esto no significa que el aborto sea trivial: la tradición lo toma muy en serio. Pero no lo equipara con homicidio.

La posición masortí, basada en múltiples teshuvot del CJLS (el comité halájico del movimiento conservador), permite el aborto cuando hay riesgo para la vida o la salud física o mental de la madre. Y «salud mental» no es una excusa vaga: incluye situaciones de violación, incesto, diagnósticos genéticos graves, y angustia severa. El Rabino Ben Zion Bokser y el Rabino Kassel Abelson escribieron teshuvot fundamentales en esta dirección.

Lo que el judaísmo masortí no hace es convertir esto en una bandera ideológica en ninguna dirección. No dice «el aborto es un derecho sin más» ni dice «el aborto es asesinato». Dice: cada caso merece ser evaluado con seriedad, con compasión, y con la vida de la madre como prioridad absoluta. La halajá es un bisturí, no un martillo.

Y aquí viene la diferencia más profunda con la ética cristiana: para el judaísmo, la sacralidad de la vida ya nacida siempre tiene precedencia sobre la vida potencial. No estamos eligiendo entre la vida y la muerte — estamos eligiendo entre una vida real y una vida posible. Y en esa elección, la tradición tiene una posición clara desde hace dos mil años.

Para profundizar

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