BANCO DE RESPUESTAS · TRADICIÓN Y PRÁCTICA
El judaísmo tiene una ética ambiental desde hace tres mil años. El principio se llama bal tashjit — «no destruirás» — y convierte el desperdicio innecesario en pecado. La tierra no es tuya: eres su custodio temporal.
Mucho antes de que existiera Greenpeace, la Torá ya tenía legislación ambiental. Y no como metáfora — como ley. El mandamiento es explícito: «Cuando asedies una ciudad… no destruirás sus árboles talándolos con el hacha, porque de ellos puedes comer» (Devarim 20:19-20). Incluso en guerra no destruyes árboles frutales. Los rabinos del Talmud extendieron este principio (bal tashjit) a prácticamente todo: no desperdiciar comida, no romper objetos útiles, no contaminar fuentes de agua.
La lógica es teológica, no solo práctica. El Midrash (Kohélet Rabá 7:13) pone estas palabras en boca de Dios: «Mira mis obras, qué hermosas y perfectas son. Todo lo que creé, lo creé para ti. Ten cuidado de no arruinar ni destruir mi mundo, porque si lo arruinas, no hay quien lo repare después de ti». Esa frase fue escrita hace más de mil años.
El concepto fundamental es que la tierra no nos pertenece. «De Dios es la tierra y todo lo que hay en ella» (Tehilim 24:1). Somos administradores (la Torá usa la imagen del jardinero en Gan Edén: «para trabajarla y cuidarla», Bereshit 2:15), no dueños.
La halajá tiene regulaciones concretas: el Talmud prohíbe instalar hornos, curtidurías y cementerios cerca de las ciudades por la contaminación del aire (Mishná Bava Batra 2:8-9). Prohíbe contaminar fuentes de agua pública. Tu Bishvat — el «año nuevo de los árboles» — se celebra el 15 de Shvat y se ha convertido en el Día de la Tierra judío, con un seder propio que muchas comunidades masortíes celebran con intención ecológica explícita.