¿Dónde estaba Dios en el Holocausto?

BANCO DE RESPUESTAS · DIOS Y TEOLOGÍA

LA RESPUESTA CORTA

Cualquier respuesta que justifique la Shoá es obscena: la teología seria empieza por descartarlas. Aquí está el abanico honesto — Berkovits, Rubenstein, Fackenheim, Greenberg — y mi propia posición.

Hay preguntas que se responden y preguntas que se cargan. Esta se carga. Pero precisamente porque es la herida más profunda de la historia judía moderna, no voy a esquivarla con frases hechas — eso sería una falta de respeto a los muertos y a tu inteligencia.

Lo primero que hay que decir, con toda la firmeza del mundo: cualquier respuesta que justifique la Shoá es obscena. Cuando alguien dice ‘fue un castigo por la asimilación’ o ‘fue parte de un plan que no entendemos’, no está haciendo teología: está profanando la memoria de un millón y medio de niños. La teología seria post-Holocausto empieza por descartar esas respuestas, no por refinarlas. Si un ‘plan divino’ necesita Auschwitz, el problema es el plan.

¿Qué dijeron entonces los pensadores serios? Te presento el abanico honesto. Eliezer Berkovits respondió desde la libertad: Dios se ‘esconde el rostro’ (hester panim) porque un mundo con humanos libres exige que Dios no intervenga — y el Holocausto fue obra de humanos, no de Dios; la pregunta correcta no es dónde estaba Dios sino dónde estaba el hombre. Richard Rubenstein concluyó lo contrario: que después de Auschwitz ya no se puede creer en el Dios de la historia, y que hay que reconstruir el judaísmo sin él. Emil Fackenheim escuchó desde las cenizas un mandamiento nuevo — el 614: no concederle a Hitler victorias póstumas; seguir siendo judíos, porque abandonar el judaísmo sería completar su obra. E Irving Greenberg puso la vara definitiva para todo discurso futuro: ninguna afirmación teológica debería hacerse que no pueda sostenerse en presencia de los niños quemándose. La tradición masortí no eligió una respuesta oficial entre estas. Te las presenta todas, porque la honestidad ante el abismo vale más que la prolijidad.

Y sin embargo, hay algo que sí sabemos, y no es teología sino testimonio: hubo Dios en Auschwitz — en el que compartió su última ración de pan, en el que sostuvo al que se caía en la marcha, en los que cantaron el Shemá entrando a las cámaras, en los Justos de las Naciones que escondieron familias jugándose la vida. Si Dios habita donde los humanos se tratan como humanos, entonces los nazis no lograron expulsarlo del todo ni siquiera de allí. Eso no ‘explica’ nada — y a la vez lo cambia todo, porque desplaza la pregunta del cielo a la tierra: la Shoá no revela el fracaso de Dios; revela lo que los humanos hacen cuando deciden que otros humanos no son humanos. Esa lección no prescribe.

¿Mi posición? La llevo con humildad: estoy más cerca de Berkovits y de Fackenheim que de Rubenstein — sigo rezando, y cada vez que mi pueblo celebra un Shabat, nace un bebé judío o se abre una escuela judía en cualquier rincón del mundo, siento que le estamos ganando la partida póstuma a quienes nos quisieron borrar. Pero jamás le diría a un sobreviviente, ni a su nieto, que su rabia contra Dios es falta de fe. Esa rabia ES fe — fe herida, que es la forma más honesta que la fe puede tomar después de Auschwitz. El pacto sigue. Discutiendo, como siempre. Vivo, a pesar de todo.

PARA PROFUNDIZAR

PODCASTepisodio del podcast ‘Shabat Yom Hashoa: el precio del silencio’
FUENTESclases de teología en YouTube.
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