BANCO DE RESPUESTAS · DIOS Y TEOLOGÍA
Sin respuestas prolijas: la mayoría del sufrimiento lo causamos los humanos con nuestra libertad, las leyes naturales no se suspenden — y el libro de Job valida al que protesta por encima de los que justifican con teología barata. El «no sé» honesto es una respuesta judía.
Esta es la pregunta más antigua y más honesta de toda la vida religiosa, y te debo decir desde el principio lo que no voy a hacer: no voy a darte una de esas respuestas prolijas que explican el sufrimiento ajeno desde un escritorio cómodo. ‘Todo pasa por algo’, ‘Dios te está probando’, ‘algo habrás hecho’. La tradición judía tiene un nombre para los que dan esas respuestas: los amigos de Job. Y conviene recordar cómo termina el libro: Dios mismo declara que los amigos — los que defendían a Dios con teología barata — hablaron mal, y que Job — el que gritó, protestó y exigió explicaciones — habló bien. Léelo de nuevo: la protesta honesta vale más ante Dios que la justificación piadosa.
Dicho esto, la tradición sí tiene cosas serias para decir. La primera: la mayor parte del sufrimiento que los humanos padecemos lo causamos los humanos — la guerra, la crueldad, la negligencia, la indiferencia. Dios creó un mundo con libertad real, y la libertad real incluye la posibilidad real del mal. Un mundo donde fuera imposible dañar sería también un mundo donde amar no significaría nada, porque no habrías podido elegir otra cosa. El precio de que tu bondad sea tuya es que la maldad del otro también sea suya.
La segunda: el mundo funciona con leyes estables — y eso, que parece frialdad, es de hecho una misericordia. La gravedad que mata al que cae es la misma que mantiene tu casa en pie. Un universo donde Dios suspendiera las leyes naturales cada vez que un inocente está en peligro sería un caos inhabitable donde ninguna acción tendría consecuencias previsibles. El rabino Harold Kushner — masortí, por cierto — escribió tras la muerte de su hijo el libro más honesto que existe sobre este tema, y su conclusión es valiente: quizás haya que soltar la idea de que Dios controla cada detalle, para quedarnos con el Dios que está con nosotros en el dolor. Dios no está en el tumor ni en el terremoto: está en el coraje del que se levanta, en las manos del que cuida, en la comunidad que sostiene.
¿Es una respuesta completa? No. Y aquí viene lo más importante que puedo decirte: el judaísmo es la única tradición que conozco que canonizó la pregunta sin canonizar la respuesta. Job está en la Biblia. Las Lamentaciones están en la Biblia. El Salmo que grita ‘¿Dios mío, por qué me abandonaste?’ está en la Biblia. La tradición decidió hace milenios que un ‘no sé’ honesto vale más que un sistema perfecto construido sobre el dolor ajeno. Por eso, cuando me preguntan esto ante una tragedia real, mi primera respuesta nunca es teológica: es presencia. Como los amigos de Job en su único momento sabio — los siete días que se sentaron a su lado en silencio, antes de arruinarlo hablando.
Te dejo la reformulación que a mí me sostiene: la pregunta ‘¿por qué Dios permite esto?’ no tiene respuesta que cierre. Pero tiene una hermana práctica que sí: ‘¿y ahora qué hago yo con esto?’. La primera mira al cielo pidiendo explicaciones; la segunda te devuelve las manos. El judaísmo, fiel a su estilo, eligió concentrarse en la segunda — no porque la primera no importe, sino porque la segunda es la única que está a tu alcance. Y a veces, respondiendo la segunda, la primera duele un poco menos.