BANCO DE RESPUESTAS · TRADICIÓN Y PRÁCTICA
El minián es el quórum de diez adultos judíos que la tradición exige para los actos litúrgicos más sagrados: la kedushá, la lectura pública de la Torá, y el que más le importa a la gente real — el kadish del duelo.
El minián es el quórum de diez adultos judíos que la tradición exige para los actos litúrgicos más sagrados: la kedushá, la lectura pública de la Torá, y el que más le importa a la gente real — el kadish del duelo. La idea de fondo es hermosa y ya la vimos: hay santidades que el judaísmo decidió que no existan en privado. Diez es el número mínimo de ‘pueblo’: delante de diez, lo que haces ya no es tu espiritualidad personal — es Israel.
Ahora la pregunta del millón: ¿quiénes son esos diez? Durante siglos la práctica fue contar solo varones, y conviene decir honestamente de dónde salió: no de un versículo que diga ‘las mujeres no cuentan’ — ese versículo no existe. Salió de la lógica social antigua: la mujer estaba eximida de ciertas mitzvot con horario fijo (por su rol doméstico de entonces), y de la exención se derivó la exclusión del quórum. Todo el edificio descansa sobre una premisa sociológica: que la mujer vive para lo privado. Esa premisa ya no describe el mundo — y una derivación halájica cuya premisa caducó es exactamente el tipo de caso que el método halájico sabe revisar.
Eso fue lo que hizo el movimiento masortí, y mira las fechas, que tienen su elocuencia: en 1973 el comité de ley judía aprobó contar a las mujeres en el minián; en 1983 el seminario de Nueva York votó ordenar rabinas; los responsa posteriores — Golinkin a la cabeza, con su obra monumental sobre el estatus de la mujer en la ley judía — construyeron el fundamento completo: las mujeres están obligadas hoy en la plegaria igual que los varones, y quien está obligado, cuenta. Nota el detalle metodológico, porque es la firma masortí: el argumento no es ‘la igualdad está de moda’. El argumento es interno — obligación implica inclusión. Por el camino de las propias fuentes se llega a la mesa donde caben todos.
¿Significa esto que todas las comunidades masortíes del mundo cuentan igual? Casi todas hoy son igualitarias, pero — mará de-atrá, como siempre — existen comunidades del movimiento con prácticas más tradicionales, y el movimiento las alberga. Lo que no encontrarás en el mundo masortí es la afirmación de que contar mujeres ‘no es halajá’. Es halajá argumentada, votada y vivida por millones. La próxima vez que alguien te diga que un minián igualitario ‘no vale’, ya sabes la respuesta: ¿no vale según qué fuente? — y prepárate para un silencio interesante.
Y déjame cerrar con la escena que vuelve concreta toda esta discusión, porque la he visto decenas de veces: una mujer que perdió a su madre, de pie, diciendo kadish — contada, con todo derecho, en el quórum que responde ‘amén’ a su duelo. Durante siglos esa mujer tuvo que buscar un varón que dijera el kadish ‘por ella’, como si su dolor necesitara intérprete. El minián igualitario significa exactamente esto: que nadie más va a tener que tercerizar su duelo. Si la halajá sirve para algo — y sirve — es para esto.