Fe, fantasía y aceptación radical: cuando la esperanza desespera
Todos tenemos —o tuvimos— a alguien que no nos trató como merecíamos. Quizás un padre que nunca nos vio de verdad. Una pareja que nos hizo pequeños y nos competía. Un hermano, un jefe o un compañero de trabajo. Y ese dolor ya lo conocemos. Pero hay un segundo dolor, más callado y más difícil de confesar: el dolor de seguir esperando. Esperando que si hacemos algo las cosas van a cambiar y esta vez sí nos van a ver o reconocer. Que esta vez sí se darán cuenta. Que esta vez sí llegue la disculpa. Y volvemos. Y nos acomodamos. Y esperamos otra vez.
Hoy quiero decir algo incómodo, y les pido que me acompañen hasta el final. Quiero proponer que a veces nuestra esperanza no nos está salvando. Nos está encarcelando.
Escuché esta semana a una psicóloga, la Dr. Ramani, que acompañó por años a personas que salieron de relaciones con alguien incapaz de ver a nadie más que a sí mismo. Su libro que leí el año pasado se titula “no eres tú” y es sobre cómo sanar al estar en contacto con narcisistas patológicos. En la entrevista la Dr. Ramani dice algo que me detuvo en seco: el mayor obstáculo para sanar no es el daño. Es la esperanza. Porque mientras una parte de nosotros sigue apostando en que el otro cambie, no nos queda suficiente de nosotros mismos para nuestra propia curación. Toda la energía se va en sostener la fantasía de que el otro será distinto si hacemos tal o cual cosa, y no queda nada para reconstruirnos a nosotros mismos. Estamos esperanzados en lograr pensar qué debemos hacer para que el otro nos quiera y nos acepte cuando nunca nos va a querer ni aceptar porque no quieren ni pueden.
Ella lo llama aceptación radical. Y con cuidado, porque es delicado: no significa que lo que nos hicieron estuvo bien. No significa que deje de doler. Significa dejar de esperar que la realidad sea otra de la que, una y otra vez, demostró ser y será. Su cumbre es una sola frase: esto no va a cambiar, no hay nada que yo pueda hacer para cambiarlo y no es mi culpa.
Sostengan esa idea, porque la Torá de esta semana nos pone delante al hombre más grande que hemos tenido, enfrentado exactamente a esto.
En Parashat Pinjás, Dios le dice a Moshé: sube al monte, mira la tierra, «ureitá otá» —la verás (Bamidbar 27:12-13). La verás. No entrarás. Cuarenta años cargando a este pueblo terco por el desierto, hablando con Dios cara a cara, y la sentencia es: llegas hasta la orilla, y ahí te quedas. Muchos leen esto como la gran injusticia de la Torá. Y duele, es cierto.
Y Moshé, primero, hace lo que haríamos todos: ruega. Él mismo lo cuenta después: «vaetjanán el Hashem» —supliqué a Dios (Devarim 3:23). Déjame cruzar, déjame ver la buena tierra. Moshé pelea, quiere entrar con toda el alma. No nos enseña a no sentir; sintió todo. Y Dios le responde dos palabras durísimas: «rav laj» —basta, no me sigas hablando de esto (Devarim 3:26). La respuesta es definitiva.
Y aquí está el momento que quiero que nos llevemos. En ese punto, Moshé tenía dos caminos. Podía quedarse en el monte mirando la orilla que no iba a pisar, rumiando, amargándose, gastando el resto de su vida en el «por qué a mí, no es justo, esto debería ser distinto». Congelado en una realidad que no iba a ocurrir.
Pero Moshé hace otra cosa. Se da la vuelta. Y lo primero que dice, sabiendo que él no entrará, es: que Dios nombre a alguien sobre la comunidad, «para que no sea como ovejas sin pastor» (Bamidbar 27:16-17). Pide un sucesor. Deja de preguntar «por qué es injusto» y empieza a preguntar «qué puedo hacer yo con lo que me queda». Redirige su vida hacia el futuro que él no va a habitar.
Ahí está la distinción que quiero que nos llevemos, la más importante que podemos hacer sobre la esperanza. Hay una diferencia enorme entre la fe y la fantasía, aunque las dos se vistan igual y las dos se hagan llamar «esperanza».
La fantasía exige que la realidad sea distinta de lo que ya demostró ser. Mira hacia atrás, hacia una versión del otro que nunca existió, y se queda ahí esperando. Por eso encadena: nos deja mirando una orilla que no vamos a pisar. La fe es otra cosa. Acepta la realidad tal como es —dura, injusta, definitiva a veces— y desde ahí construye. La fe no dice «que el pasado sea distinto»; dice «¿qué edifico ahora con lo que me queda?». La fantasía mira la tierra que no entrará y se paraliza. Se queja. Espera que el otro cambie. La fe se da vuelta y prepara a Yehoshúa.
Fíjense: Moshé no perdió la esperanza en el monte. La cambió de dirección. Dejó de esperar entrar él, y empezó a esperar que su pueblo entrara. Movió la esperanza de «que la realidad se doblegue a mi deseo» hacia «que yo construya un futuro que quizás no vea».
Y aquí quiero ser claro, porque alguien podría pensar que estoy predicando en contra de la esperanza, y es lo contrario. ¿No somos el pueblo que canta «od lo avdá tikvaténu», no se ha perdido nuestra esperanza? ¿No esperamos, hasta hoy, la llegada del Mashíaj? Sí, mil veces sí. Pero miren qué tipo de esperanza. Es la que separa la fantasía para llegar a una fe madura. Una fe adulta que se atreve a decir: quizás el otro no va a cambiar. Quizás no puede, o no quiere. Eso yo no lo decido. Pero sí decido qué hago yo con esta realidad. Moshé se queja, ruega, llora su entrada perdida —y aun así nombra a su sucesor y acepta su parte. Esa aceptación no lo hizo más pequeño. Lo hizo más grande.
Así que si hoy nos llevamos una sola cosa, que sea esta pregunta, para hacerla con honestidad esta semana: de todas las esperanzas que cargo, ¿cuáles son fe y cuáles son fantasía? ¿Cuál me tiene construyendo hacia adelante, y cuál me tiene congelado mirando una orilla que ya sé que no voy a pisar?
Porque soltar la fantasía no es perder la esperanza: es recuperarla. Es sacarla del lugar donde nos encadena y devolverla al lugar donde nos libera. Moshé no bajó del monte con menos esperanza. Bajó con la esperanza verdadera: la de un hombre que aceptó lo que no cambiaría nunca, y con lo que le quedaba, preparó el camino para los que venían.
Que Dios nos dé la valentía de aceptar lo que no va a cambiar, la sabiduría de distinguir la fe de la fantasía, y la fe verdadera de seguir construyendo hacia una tierra que quizás no pisemos, pero que gracias a nosotros, alguien pisará.